sábado, 10 de marzo de 2012

Inevitablemente, vuelve a llover.

Si algo  tiene de maravillosa la naturaleza, es la simplicidad con que hace las cosas...Sin indicaciones, manuales ni exceso de piezas, funciona a la perfección, como un reloj suizo. Por momentos, parece egoísta, suele hacer de su voluntad a placer, sin tomar mucha importancia de las consecuencias, tal vez esto, es lo que nos diferencia de ella.

Indiferente, no importa todo aquello que le hemos hecho para cambiarla, adaptarla y hacerla a nuestra merced, al final del día, ella corre por su propia cuenta. La naturaleza, es antojosa, sabe lo que le conviene, y lo ejecuta cuando es debido, tal vez por eso es que ella es exitosa y nosotros, aun padecemos por nimiedades.

El agua siempre sigue su cauce, a pesar de los obstáculos que se encuentre a la mitad del camino. Lo que un día comienza, siempre termina, porque en la naturaleza y en la vida, todo es un ciclo, con un principio, un clímax y un final, como un libro bien narrado.

Los eventos en la vida, también son así. Son igual de mecánicos y cíclicos que la lluvia, comienza por evaporarse, luego se condensan y mas tarde, caen en forma de precipitación sobre ti.

La única diferencia entre el ciclo del agua y nosotros, es que aun no hemos aprendido a retrasar dicho ciclo, con la misma facilidad con que retrasamos nuestro propios finales.

Sabemos que tendrá que terminar, necesitamos que lo haga, esta acabando con nosotros, pero dilatamos la situación, cuanto sea posible. Presos del pánico por la consecuencia, y de la esperanza de ver el cambio a ultimo momento. Con pánico de tirar de la cuerda y dejar caer lo que sigue almacenado sobre nuestras cabezas, antes que tenga oportunidad de mejorar.

Vivimos creyendo que mientras mas se almacenan las cosas, mayor sera la recompensa. Dicen que de la desesperación solo queda el cansancio, pero de la espera solo queda el dolor.

De las mentiras y de los engaños, solo queda desasosiego. La sensacion de haber dejado un pedazo de pulmón, riñón o corazón, botado metros atrás de la carrera, cuando estabas a tiempo de retirarte y no perderlo todo.

Pero no, nos negamos a ser como el ciclo del agua, a permitir que las cosas comiencen y terminen por un ciclo natural, continuamos una y otra vez, dilatando cada vez mas todo, sobre todo aquellas cosas que están doliendo. Aplazando el dolor, alargándolo para momentos futuros, dándole marchas y marchas a la ultima palabras, con pánico de lanzarse demasiado rápido.

Esperando al pie del precipicio lo que jamas llegara. Confiando en que algún momento sera para nosotros, esperando aun, que tu mente te ese jugando sucio.

Al pie del cañón, sujeto al borde y con un pie a la mitad de la caída, con un ligera sensación de fe, aquella que te hace creer que la realidad es mejor de lo que imaginas, aunque en el fondo sabes, que lo que ves es lo que hay.

No tiene sentido, yo lo se, pero tampoco lo tendría, si simplemente fuéramos un poco mas "mecánicos". Es parte de ti,  es una necesidad para sobrevivir   darle vueltas al espacio antes de echarte.

Confiamos, nos aferramos, creemos en lo que no tiene sentido, le damos largas a un cuerda demasiado fina para resistir, luego volvemos a confiar, continuamos aferrándonos, acallamos aquellas voces que por algún asomo, nos dejan saber la verdad, seguimos de largo, sujetos a lo mismo que siempre, y nunca terminamos de cerrar el ciclo.

Todo principio tiene un final, y cuando el principio es malo el final no podría ser diferente. Aquello que viene herido, terminara de la misma manera. No puedo concebir como aquello que nace de un vientre manchado, de una situación viciada, en un ambiente hostil, marcado por las faltas de tacto, compresión y cariño, pueda desarrollar en algún momento la capacidad de respetar y sanar.

Aquellas cosas que asfixian, no podrán jamas dar aire. Lo malo, no se hace bueno por obra y gracia del destino.

Aquello que te impide avanzar, no sera jamas un aliciente para hacerlo. No se convertirá mañana en un apoyo ni un empuje, sera siempre eso, un impedimento, un peso muerto, que te hace daño, te succiona, te asfixia y mas tarde termina por deshacerte de ti.

Como un parásito, mientras pueda vivir de ti lo hará, hasta al día en que no quede nada que le púedas dar, y entonces huyen hacia otro huésped.

A pesar de todas las vueltas que le podamos dar a un asunto, de aquellas cosas que nos neguemos a ver, de las que decidamos disfrazar, de las demás que dejemos pasar y las muchas otras que tienen  años comenzando y jamas terminando, la naturaleza sigue su curso.

Día termina en noche, el sol se esconde y le da paso a la luna. La vida comienza y termina. La gente va y viene. El ciclo da inicio y tiene un final. El agua se evapora, se condensa y mas tarde,  Inevitablemente, vuelve a llover.

jueves, 1 de marzo de 2012

¡Oh Vamos! No puedo creer que no te des cuenta.

Recuerdan aquella entrada que publique semanas atrás? Aquella donde técnicamente, me echaba la culpa, por no prestarle la suficiente atención a mi entorno? Donde deje saber que tengo la capacidad de ignorar lo obvio? Bueno, al parecer, ignorar lo obvio, es algo contagioso, porque ya no soy solo yo.

Irónicamente, la gente a mi alrededor últimamente se ha desquitado conmigo, por mi aparente falta de tiempo y atención, por sus excéntricas y divertidas vidas. Sus maravillosas anécdotas y aquellas aventuras que están viviendo, parecen ser mas importantes, que mi propia supervivencia, de una manera extraña, lo se.

La necesidad del mundo de tener mi atención, se comenzó a volver enfermiza, a un punto egoísta, y mezquino. Como demonios me parto en dos para estar con todos? Esa es la pregunta del mes, porque de la semana, es muy poquito.

A pesar del egoísmo aparentemente obvio de la humanidad hacia mi condición, también humana, como siempre, se consigue la manera de echarse la culpa.

Parece que eso de echarse la culpa  de aquellas cosas, que obviamente están fuera de tu alcance, es una condición tan genética y patológica, como ignorar lo obvio. Al parecer van de la mano, abrazadas de su hermanita gemela y malvada, llamada culpa.

Nos echamos la culpa, ofrecemos disculpas, prometemos hacer hasta lo inhumano para mejorar la situación, obtenemos una sonrisa en contra parte y luego, vuelves a ser la parte mala y negativa de la relación.

Fácil y simple, nunca nadie esta contento, a veces, en el peor y mas triste de los cosas, el infeliz eres tu mismo.

Desde una temporada algo larga y poco fructífera de mi vida, para acá, me he identificado fuertemente con una frase, aunque yo mas bien la llamaría excusa. Si, es la excusa vana y tonta que alguna vez todos hemos inventado, para intentar explicar aquellas cosas, que a simple vista, no tienen explicación, que carecen de sentido y que hacen daño.

Mi explicación predilecta para aquellas cosas que no tienen sentido: "Deben estar bien, sino, ya hubiesen llamado".

No puedo existir nada mas absolutamente literal, que esa frase.

El ser humano en su condición, de ser pensante, con sentimientos, necesidades y deberes, que se pelean unos con otros, a veces, tiene la capacidad de anular todo lo anterior, perder su capacidad humana, y solamente ser.

A veces se es muchas cosas, y en otras ocasiones, solo se es una. Simple, puro, llano y egoísta.

Inevitablemente, cuando el ser humano se halla a si mismo, en la cúspide de sus logros, rozando los anhelos con los dedos, al fin obteniendo aquellas cosas, que le han costado mas que nada, no se acuerdan de aquellos que se quedaron abajo, por irónico que suene.

Sabemos que nos dieron la mano, los usamos como trampolín, y luego, bueno, simplemente no existen.

Nombre? Dirección? Amistad? Existencia? Bueno, eso al parecer no se ve desde la cima.

Quieres recordar como se llaman los que quedaron abajo? Tírate de cabeza de la cima de la montaña, allí tu memoria regresara, y seguramente, en lo obvio de la situación, volverá a ser tu lema..

Porque, no lo vemos, inevitablemente nunca lo hacemos, no estamos ni cerca de entender la condición de los demás, jamas conocemos demasiado nuestro entorno, nunca tenemos las respuestas necesarias, no hacemos ni el mas mínimo intento de entender los pensamientos de los demás, pero en nuestros mejores momentos de descaro, seguimos repitiendo, ¡Oh Vamos! No puedo creer que no te des cuenta!